dissabte, 12 de març de 2016

A un suspiro del techo de México

El pasado jueves 11 de febrero tuve la oportunidad de asistir a la inauguración de la exposición fotográfica que el Grupo Montañista Colli realiza anualmente en el Instituto Cultural Mexicano Norteamericano de Jalisco. Un buen momento para repasar, por medio de las imágenes de los socios, las bellezas naturales que hay en este país y que este grupo se empeña (afortunadamente) en dar a conocer a todo el que esté interesado. Recuerdo ligeramente las palabras de su Presidenta durante la bella presentación que realizó y en la que decía algo así como que “la aventura comienza al partir”. De repente me asaltó el recuerdo de las palabras del alpinista francés Gaston Rébuffat en su libro “La montaña es mi reino” y en el que dice:

Esperamos la salida, y sin haber empezado ya estamos en camino; mucho antes de encordarnos la ascensión ya ha comenzado”. 

Y aunque en un primer momento pensé que contradecían sensiblemente el discurso pronunciado (mis disculpas por adelantado), tras una ligera reflexión llegué a la conclusión de ambas se complementan.

Y ambas afirmaciones las pude experimentar de nuevo para la ascensión al Pico de Orizaba (Citlaltepetl o cerro de la Estrella), de 5,640 m.

Tras poco más de un año por estas tierras, echaba de menos los fines de semana con los amigos de mi club, la Sección de Montaña del Centro Excursionista de Valencia, las escaladas de los sábados y las escapadas a los pirineos cualquier fin de semana con buen pronóstico de tiempo. Por algún extraño motivo anduve bloqueado pensando que la lesión en el hombro que sufro, me impedía escalar, olvidando que hay otras posibilidades en contacto con la naturaleza que también me llenan. 

El caso es que retomé la búsqueda de algún club local con el que satisfacer mis anhelos. Y, mira por donde, localicé al Grupo Colli, sin embargo, entre las actividades que llamaron mi atención, se encontraba el Volcán Iztaccíhuatl, para el que necesitaba disponer de material que no había incluido en mi traslado. Todo el mundo sabe que el alpinismo no es precisamente barato, y no era cuestión de comprar de nuevo equipo del que ya disponía en España.

Aprovechando el viaje a casa por las fiestas decembrinas, cargué mi maleta con lo básico y el siguiente objetivo que ofrecía el Grupo Colli y que llamaba mi atención era el citado pico de Orizaba. Y no era precisamente bajo…

Así que haciendo realidad la cita de Gaston Rébuffat, sin haber comenzado, ya estaba en camino

Busqué bibliografía sobre la ascensión al pico, descubriendo que son muy pocas las publicaciones de montaña en este país. Afortunadamente encontré un ejemplar del libro de Jorge A. Neyra Jáuregui “Guía de las altas montañas de México y una de Guatemala” con el que me pude documentar sobre esta montaña. Revisé además la multitud de vídeos que aparecen en YouTube sobre la ascensión para ponerme en antecedentes. Si bien, no parecía complicada la ascensión, me preocupaba la altura. Nunca antes había pasado de los 3500 m haciendo actividad, pero había que intentarlo.

Me puse en contacto con el Club y realicé la reserva para la ascensión prevista entre el 29 de enero y el 1 de febrero. A poco más de una semana vista de la fecha, las condiciones no eran demasiado buenas. Acaba de nevar y habían cerrado provisionalmente la entrada al Parque Nacional.

La propuesta inicial del club consideraba la ascensión por el glaciar de Jamapa de la cara norte, sin embargo en la reunión previa con los guías Toña Araiza y Jorge Valente, nos informaron de cuál era la situación meteorológica y de la posibilidad de que cuando llegásemos, ni siquiera pudiéramos intentar la ascensión. Entre las posibles alternativas se habló de subir al volcán Sierra Negra (Atlitzin o Tliltépetl), de 4,580m, dada su proximidad, o a la Malinche (Matlalcueye) de 4,440 m, que se encuentra en el camino hacia el pico de Orizaba. De ser buenas las condiciones, la vía de ascensión sería por la cara sur. Cualquiera de las opciones me parecía perfecta, con tal de aprovechar los más de 750 km de viaje.


Finalmente mejoraron las condiciones y se concretó la salida desde el parque Revolución a las 6:00 del viernes 29 de enero, con una asistencia de 16 entusiastas incluyendo los guías. Tras una ligera demora en la llegada del vehículo alquilado para la expedición, iniciamos la carga de las mochilas en la rejilla sobre el techo de la FORD E-Series de 15 plazas. Gracias a la habilidad de Fernando Fornés y Jorge Valente, conseguimos que quedasen perfectamente amarradas.

 

Tras un par de paradas técnicas para llenar el tanque, desayunar y otras necesidades, llegamos a Atlacomulco con la intención de repostar nuevamente antes de entrar en el arco norte que circunvala la Ciudad de México. Tratando de encontrar una gasolinera, que no nos alejara demasiado del trayecto, nos cruzamos con una romería ciclista a San Juan de los Lagos. El destino quiso que en la misma puerta de la gasolinera donde paramos, cayese desplomado uno de los peregrinos ciclistas, victima probablemente de un ataque al corazón. A pesar de todas las ganas que puso el personal de la ambulancia, que casualmente pasaba por allí, y la colaboración de Valentín, que viajaba con nosotros, para tratar de reanimarlo, no se pudo hacer nada.

De repente las dudas. Y me viene a la memoria los años con la Peña Ciclista de Mislata. Aquel sábado en el que, de camino a la Barraca de Aguas Vivas, un compañero cayó delante de mi provocando que volase por encima de la bicicleta y fracturándome la clavícula. Y sobre todo el sofocón de mi madre cuando me vió bajar del taxi enyesado y la bicicleta desmontada…

Reanudamos de nuevo el camino, un poco más callados de lo normal. Supongo que más de uno pensando en el incidente… Pero de nuevo el entusiasmo nos atrapó al divisar la silueta blanca del Iztaccíhuatl (o Mujer Blanca), y recordar las anécdotas de la ascensión de los que fueron en la expedición de noviembre. Un poco más allá el Popocatépetl igualmente cubierto por nieve.

Por fin llegamos a Atzitzintla cerca de la 17:30h y paramos para comprar las cosas de última hora antes de aproximarnos a la entrada al parque nacional. Pudimos disfrutar de unos sabrosos panes dulces en la panadería del pueblo mientras disfrutábamos ya de las vistas hacia el volcán.

 

Salimos del pueblo en dirección a Santa Cruz de Texmalaquilla y tras atravesarlo, iniciamos la serpenteante pista que conduce al Valle del Encuentro, un collado que separa el pico de Sierra del pico de Orizaba. Allí se encuentra un refugio en proceso de ampliación a 4020m bajo una antigua lengua de lava del volcán de Orizaba. 

 

Ya entrada la noche, llegamos al refugio, aparcamos el vehículo en las proximidades para ver el espacio disponible y descargamos las mochilas. La noche no era nada fría por lo que nos decidimos a dormir en el exterior del refugio Manuel y yo, aprovechando la ampliación del refugio que estaba sin cerrar. Algunos durmieron en la camioneta y el resto se acomodó en el interior del refugio junto a dos excursionistas que habiendo llegado antes, habían encendido fuego en el interior.

Cada cual decidió qué cenar (no demasiado tras devorar los sabrosos panecillos de Atzitzintla), y sobre las nueve de la noche ya estábamos todos dispuestos para dormir. La idea era subir muy tranquilamente al refugio de Fausto González Gomar (4700m), por lo que se convino como hora de levantarse las siete de la mañana.


Tras adecentar un poco la superficie para dormir, colocamos unos cartones que nos aislasen un poco de la humedad del suelo. En mi caso, además para evitar que se pinchase el aislante que compré, que, a pesar de su ligereza, no sé si es la mejor opción para estas ocasiones… El caso es que ya acomodados y tapados hasta las orejas comencé a oír un ruido en la bolsa de restos de comida que había dejado colgada. Vuelta a salir del saco de dormir para ver qué era. Así no podría dormir. Se trataba de algo parecido a un ratoncito marrón que hábilmente se había introducido en la bolsa. Para evitar de nuevo la situación, saqué la bolsa fuera del recinto y por fin pude conciliar ligeramente el sueño.

Y digo conciliar ligeramente, porque de alguna forma mi cuerpo se estaba adaptando a la altura y tenía una continua sensación de dolor de cabeza. Eso unido a mi lesión de hombro, hizo que me despertase a cada giro que daba. Aun así el descanso fue todo lo que se puede esperar de la primera noche en cualquier acampada, al menos en mi caso. Las segundas, suelen ser más provechosas.

A partir de las seis y poco de la mañana, ya se comenzaban a adivinar las primeras luces del día y enseguida todos nos pusimos en marcha. 

Refugio a 4,020 m desde el que iniciamos el ascenso
Cada uno desayuno lo que le pidió el cuerpo y recogimos el despliegue de sacos, preparando las mochilas ya con todo lo necesario para continuar a nuestro siguiente objetivo.
Preparándonos para partir. Al fondo cara norte del Pico Sierra Negra nevada 
Cargados con los mochilones, comenzamos el ascenso lentamente como a las ocho y veinte de la mañana. Se trataba de que el cuerpo se adaptase a la altura y al esfuerzo por la carga que llevábamos. No olvidemos que en el refugio al que íbamos, no había agua y la carga debía ser importante. No obstante, había algo de nieve entorno del refugio, lo cual permitía fundir nieve para el consumo.

Iniciando el ascenso
Tras un corto atajo retomamos la brecha (pista) que asciende hasta casi unos cien metros antes del refugio. Es frecuente entre la gente del lugar subir hasta ese punto con sus camionetas (todoterrenos), por lo que aprovechando uno de estos vehículos, alguno de los componentes del grupo que se encontraban afectados por un resfriado evitaron la caminata por la pista.

En la pista de ascenso. Al fondo el pico de Orizaba
Con nubes altas, pero visibilidad suficiente, ya se adivinaba el camino que seguiríamos al día siguiente.


A eso de la una de la tarde ya nos encontrábamos todos en el refugio y tras desmontar las mochilas, pusimos en marcha nuestras estufas (hornillos), para meter en el cuerpo el mayor número de calorías de fácil digestión posibles. 

Refugio Fausto González Gomar (4700m), al fondo el pico de Orizaba
Acordamos revisar el itinerario de ascenso a las tres y media para familiarizarnos con el lugar de ascenso a la mañana siguiente. Se trataba de madrugar todo lo posible para hacer cumbre antes de la una de la tarde.

Revisando el ascenso. A la izquierda el Espinazo del Diablo 
Tras marcar con hitos el recorrido hasta el Espinazo del Diablo (ligera cresta de bloques de tamaño medio que, en dirección NNE, va a buscar el un espolón rocoso llamado “el Púlpito del Diablo” a escasos 20 m de desnivel respecto a la cumbre), regresamos de nuevo al refugio. Allí coincidimos con el alpinista mexicano Benjamín Salazar Cortés, quien además de darnos consejos sobre la ascensión, nos estuvo contando infinidad de anécdotas de sus expediciones al Himalaya. Se encontraba guiando a un grupo de jóvenes alpinistas y su intención era levantarse a las 3:30 h para iniciar la ascensión.

Por nuestra parte acordamos poner los despertadores a las 4:00 h y nos tendimos a intentar dormir como a las ocho y media de la tarde. Sin embargo a partir de ese momento comenzaron a llegar, de forma más o menos continua, dos o tres grupos. Entre cenas, acomodos varios, y los efectos de la altura que, al parecer y por mi corta experiencia en estas alturas, te provoca una sensación de presión en la cabeza cuando te encuentras en horizontal, el caso es que dormir, lo que es dormir, en general se durmió poco.

Antes de que se hicieran las cuatro, Jorge Valente ya aviso para que nos levantásemos y sobre las cuatro y media ya nos encontrábamos en marcha. Equipados con nuestras lámparas (frontales), iniciamos lentamente el ascenso, localizando los hitos dejados el día anterior. El tiempo no era demasiado frío. Probablemente estaríamos sobre los -4ºC, por lo tras la primera media hora de ascensión y una parada técnica…, ya me sentía cómodo con dos camisetas térmicas ligeras, una de manga corta y otra larga, un forro polar finito y un cortavientos que ya no recuerdo ni cuánto tiempo hace que compré…

Alcanzado el Espinazo del Diablo y tras un par de horas de ascensión comenzamos a adivinar las primeras luces del día.


El colorido de los primeros rayos de luz, que se colaban bajo la capa de nubes, era espectacular.

Primeros rayos de sol
Parada para disfrutar de unos rayos de sol. En el collado de abajo el refugio del que venimos. 
Avanzamos en grupo bastante compacto por una especie de canal ancha que protegía ligeramente de viento. Los efectos de la altura se hacían notar y cada cinco o diez pasos hacíamos una pausa para recuperar el aliento.

Grupo ascendiendo por la amplia canal (1). Cerrando el grupo la retaguardia Toña.
Grupo ascendiendo por la amplia canal (2).
Grupo ascendiendo por la amplia canal (3). 
Como a las 8 de la mañana, ya nos encontrábamos en un punto del Espinazo del Diablo que nos permitía intuir en la distancia y en dirección oeste tres picos emblemáticos de México, el Popocatépetl, el Iztacíhuatl y el Matlalcueye o Malinche.

 

Tras unas ligeras pausas para fotos, continuamos con Jorge Valente abriendo el grupo, dejando ya muy abajo las vistas del observatorio del pico Sierra Negra y la espectacular vista de la lengua de lava del pico Orizaba llegando casi a sus pies.

 

Grupo ascendiendo por el Espinazo del Diablo. Al fondo el Pico Sierra Negra
Los grandes bloques se fueron tornando en grava suelta y dada la pendiente, cada dos pasos que dabas, retrocedías uno. Decidimos calzarnos los crampones para hacer más cómoda la ascensión y para evitar llevarnos la sorpresa de encontrar alguna placa helada. Teníamos ya a la vista el Púlpito del Diablo.

Al fondo el Púlpito del Diablo 
El avance se hacía delicado pues cualquier despiste provocaba la caída de piedras que, con falta de atención, podían provocar un accidente grave, dada la velocidad que podían llegar a alcanzar.

Al llegar al pie del púlpito del diablo, se adelantó Marcos, uno de los compañeros de la ascensión y tras él siguieron el guía y Fernando Fornés. Tras superar un ligero escalón por la izquierda del Púlpito, justo donde se encuentran los restos de una avioneta accidentada, y tras comprobar las condiciones de viento y la entrada de nubes que reducían la visibilidad, el guía de la expedición decidió que no era seguro continuar. Envió a Fernando Fornés en busca de Marcos que se había adelantado y comenzamos el descenso. Eran las once y media de la mañana.

Maldita selfie... del Púlpito del Diablo
Nos quedamos a menos de 20 m de desnivel de la cumbre y no más de 100 m en horizontal. Marcos y Fernando consiguieron hacer cumbre, pero las condiciones no eran las mejores para permanecer mucho tiempo allí por lo que enseguida nos alcanzaron en el descenso.

Para evitar los bloques del Espinazo, nos fuimos ligeramente hacia la derecha del mismo, donde el menor tamaño de las piedras, nos permitía un descenso rápido.

Descendiendo por la pedrera
 

Tras llegar a la base del Espinazo lo cruzamos de nuevo para regresar a la senda de subida, llegando al refugio sobre las tres y media. 

A pesar del esfuerzo, todos nos encontrábamos bastante bien, por lo que acordamos recoger nuestras mochilas y bajar hasta el vehículo para buscar un hotel donde darnos una ducha. 

Foto de grupo del facebook de Toña tras el descenso. Cuando consiga la buena, la sustiuiré. 
Casualmente Marcos tenía una amigo en Ciudad Serdán y nos recomendó un estupendo hotelito donde tomar esa ansiada ducha tras una rápida cena.

Vista del patio interior del Hotel Lupita
A la mañana siguiente y tras un estupendo desayuno subimos a la terraza del Hotel Lupita para disfrutar de las vistas del pico.

A la izquierda el pico de Orizaba y a la derecha el Sierra Negra desde Ciudad Serdán 
De nuevo de regreso, paramos para hacer fotos del pico. De alguna forma nos resistíamos a regresar…

Parada para hacer las últimas fotos.
En el hotel nos habían recomendado visitar la laguna de Aljojuca, según ellos se trataba de un volcán que no emergió. Así que aprovechando para comprobar la presión de los neumáticos, allí paramos para disfrutar de la vista hacia el pico de Orizaba desde el borde de la laguna.

Laguna de Aljojuca, al fondo el pico de Orizaba
Vista panorámica de la laguna de Aljojuca
 Del resto del regreso, recordar la parada que hicimos para comer unos riquísimos pastes…

Llegábamos a Guadalajara a eso de las once de la noche, muy cansados pero contentos por la experiencia vivida.

Esta vez no pudo ser, pero las montañas siempre están ahí… En otra ocasión será, seguro.

Luju

1 comentari:

José Luis Ibáñez Leiva ha dit...

Aunque no hayas hecho cima Luju, es como si la hubieras hecho, un gran abrazo, me alegro que puedas salir a la montaña y menuda montaña, sigue colgando tus aventuras.